«Juventud, divino tesoro, ¡ya te vas para no volver! Cuando quiero llorar, no lloro y a veces lloro sin querer». Así definió de forma inmortal el poeta Rubén Darío la etapa más vitalista de la vida, cuando todo parece que aún está por hacerse y todavía no existe en la mente una cuenta atrás. Celebrar veinticinco años, un cuarto de siglo, es un hecho muy gozoso, que merece ser celebrado como Dios manda.
En el Club Victoria nos sentimos enormemente felices de que muchos de nuestros clientes —que pasan a ser amigos— nos elijan como telón de fondo para generar momentos inmortales, de ésos que son necesarios saborear para que dejen una impronta, un antes y un después, en nuestras trayectorias vitales. Una vez más, ¡felicidades, Patricia!



